
* Parece extraño leer su nombre afuera de la iglesia que anuncia una misa a las 10 de la mañana. O ver sus fotografías que desaparecen y vuelven a aparecer en una pantalla de la funeraria.
La muerte de Patricia Ramírez sorprende y duele.
Porque deja de vivir muy joven y por Valeria, su hija adolescente.
Golpeado por la pérdida, su esposo Rodrigo González Barrios habló a todos, ahí en el panteón, de las tres tareas que tuvo Pati, más visibles: su oficio de periodista que inició muy joven a finales de los años 80, su posterior trabajo en el Congreso del Estado, y su llegada a la Universidad Autónoma de Nayarit (UAN) donde ocupó cargos directivos.
Y aunque, según Rodrigo, lo que más le gustaba era ser maestra y enseñar en las aulas, nunca dejó de ser periodista: tenía una puntería fina cuando redactaba, cuando escribía sus cosas en redes sociales.
Y yo le agradecí muchas veces que compartiera mis notas y mis cuentos.
En torno a la muerte de Pati se reúnen muchos. Ahí están sus buenas amigas del periodismo de hace veintitantos años, y ahí están las maestras de la Universidad. Y quizás unas y otras no se conozcan pero igual la quieren y le lloran.
Parece extraño leer su nombre afuera de la iglesia que anuncia una misa a las 10 de la mañana. O ver sus fotografías que desaparecen y vuelven a aparecer en una pantalla de la funeraria.
Enterado de manera circunstancial de su ingreso a un hospital, el sábado escribí un mensaje en el celular de Rodrigo: “por favor hazle saber a Pati el aprecio que le tengo”.
Y de esas líneas supo ella, dos días antes de que su tumba fuera cubierta con tantas y hermosas flores.
Gracias Pati.

