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Desde fuera de la cancha

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* Qué diría López Obrador si con otro presidente el número de muertes por Covid-19 ya estuviera cerca de 100 mil, reconocidas en México.

 

Si Jesús Ramírez, coordinador de Comunicación Social de la Presidencia de la República, y Alejandro Esquer, secretario particular del presidente, hubieran trabajado cerca con los ex presidentes Enrique Peña, Felipe Calderón, Vicente Fox, Ernesto Zedillo, o Carlos Salinas, hoy no tendrían oportunidad de compasión: el presidente López Obrador los hubiera ubicado en el bando de los corruptos, sin investigación de por medio sobre el probable trato con empresas ‘fantasmas’.

¿Qué hubiera dicho el presidente Andrés Manuel si un hermano de los cinco mencionados hubiera sido grabado recibiendo dinero en bolsas, sin el rigor de la ley, dentro de una casa, en un restaurante, para una campaña política?, como fue el caso de Pío López Obrador:

Corrupción al más alto nivel, muy probablemente habría expresado el titular del Poder Ejecutivo.

Y ni qué decir si un presidente hubiera sometido a la mayoría de ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) como él lo hizo, para declarar constitucional una consulta ciudadana que deriva en una pregunta con miras a enjuiciar a los cinco ex presidentes.

O sobre la desaparición de más de 100 fideicomisos.

 

López Obrador pretende ser la concentración de todo.

Él insiste en dictar agenda todos los días: hasta dónde en su gobierno se habla de las crisis por  Covid-19 o de la económica.

¿Preferible gastar millones en una consulta-pregunta, que inyectarlos a áreas de salud, seguridad pública? ¿A qué presidente se le podría ocurrir eso?: a él, puesto que a través de esa jornada mantiene activos a sus seguidores para una tarea mayor: buscar ganar la elección constitucional del año próximo, especialmente la mayoría en la Cámara de Diputados.

Él, personaje central que atrae la crítica, le atiza, buscando encontrar más que ello. Necesita algún exceso periodístico que traspase la libertad de expresión, una palabra ofensiva fuera de lugar, para presentarse como un presidente agraviado, el más criticado.

 

A prácticamente dos años en la Presidencia de la República, transcurrido el 33% de su tiempo en el cargo, es buen momento para considerar, más allá de pasiones, que en el fondo, la administración de López Obrador, con su estilo, no es tan distinta a la de sus recientes antecesores.

Terminan pareciéndose las prácticas del PRI, PAN, PRD y otros partidos con los de MORENA –no pocos tienen su origen en aquellos-, por lo que la actitud del propio presidente y sus cercanos confirman que no se está sólo ante un problema de partidos, sino más bien de individuos, de generaciones de personajes que agazapados en cargos públicos han incurrido en prácticas poco transparentes. Y que se han reproducido en todas partes.

Si el poder les permite hacer y deshacer, pues lo hacen.

 

No sería subiéndose o no a un avión del gobierno como se esperaría un cambio en la administración federal.

Da la impresión que el presidente no sabe escuchar, sino imponer, y que pretende ser conocedor de todo, pasando por alto la opinión de especialistas que pueden orientarlo.

Aferrado a sus creencias, le resultan difíciles cosas sencillas como usar cubrebocas.

¿Qué diría López Obrador si con otro presidente el número de muertes por Covid-19 rondara los 100 mil, oficialmente reconocidos en México? Seguramente su respuesta sería implacable.

 

El tiempo en el poder también desgasta al presidente. A todos.

Muchos años estuvo en la banca, esperando una oportunidad y cuando pudo entrar al juego  –recordando a un comentarista deportivo-, resultó que no ofreció lo que se decía mientras veía desde fuera de la cancha.

* Se pide a medios de comunicación NO plagiar las notas de Relatos Nayarit. 

 

 

 

 

 

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