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Unas líneas por Salvador Íñiguez Castillo

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* “Por cierto, mi hija leyó su nota…y lloró”, comentó a este reportero en octubre del 2017.

 

Una foto grande de Salvador Íñiguez Castillo fue acomodada a un lado del ataúd con su cuerpo, rodeado por coronas con flores frescas y por las lágrimas de quienes lo quisieron.

La muerte lo sorprendió a altas horas de la noche del viernes dos. Y también nos sorprendió a todos.

No estaba hospitalizado, sino al contrario, en su casa. Acaso su muerte fue de esas que algunas veces hemos oído: cuando llega rápido y sin aviso, sin prolongar el sufrimiento más allá de unos segundos.

Funcionario público durante más de 40 años, estaba a unos días de cumplir 73.

En el 2017, Íñiguez Castillo fue designado titular del Órgano de Control Interno de la Universidad Autónoma de Nayarit (UAN), lo cual no sólo significaba un reconocimiento a su trayectoria, sino también, planteó este reportero, el tiempo se acomodaba con precisión: mientras él resurgía, varios personajes que años atrás le hicieron daño y provocaron, en el 2013, su renuncia como titular del entonces Órgano de Fiscalización Superior (OFS),  caían en el descrédito, en especial Roberto Sandoval Castañeda y Roy Rubio Salazar: el primero, como gobernador, impuso a Roy en el OFS en un proceso de escandaloso pisoteo a la Constitución Política del Estado de Nayarit.

En octubre del 2017, en la oficina de la Contraloría Interna de la UAN, Íñiguez Castillo, visiblemente emocionado contó a este reportero una cálida anécdota familiar: “por cierto, mi hija leyó su nota…y lloró”.

Se refería a una información ventilada en junio pasado y que describía la forma grotesca en que en 2013 fue reformada la Constitución para dar paso a Roy. Íñiguez, cabe aclarar, nunca aceptó ser entrevistado abiertamente –al menos no por quien esto escribe- para contar detalles de lo vivido en esa época de acoso, puesto que la primera tarea de Roberto fue colocar en el OFS a un grupo de sus funcionarios fieles.

Sin embargo, en esa nota de junio fue posible reconstruir varios aspectos que ahora cabe recuperar; en unas líneas, escribí:

“Íñiguez recogió la opinión de varias personas de confianza en torno al caso, parte de la cual ahora se conoce, y si bien podía presentar algún recurso legal puesto que su encargo vencía en 2015, sabía que oponerse significaría tener problemas, en especial con el fiscal Veytia.

“Además, los dados ya estaban cargados en contra y ni siquiera se había opuesto Armando García Jiménez, entonces diputado presidente del Congreso del Estado, a pesar de que el cambio en el citado artículo era contrario al espíritu de transparencia y rendición de cuentas que pide el país.

“De igual forma, el secretario General de Gobierno José Trinidad -“Pepe”- Espinoza Vargas se acercó en varias ocasiones con Íñiguez para calmarlo y hasta ofreciéndole otros cargos”.

En noviembre del 2013, Íñiguez Castillo presentó su informe de auditoría respecto al ejercicio 2012 y unos días después renunció.

El 12 de diciembre del 2013 y por mayoría de votos, el Congreso del Estado designó a Roy Rubio como nuevo auditor, sin la menor vergüenza porque días antes aún era secretario de la Contraloría estatal. Durante la sesión, varios diputados de oposición abandonaron la sala a manera de protesta.

Pepe Espinoza había intentado que Salvador Íñiguez renunciara argumentando situaciones de salud, pero no lo consiguió. Era más que evidente que renunciaba por presiones políticas y así fue contado en la nota del mes de junio:

“Chava Íñiguez (…) no iba a mentirle al Congreso del Estado, a su familia, y tampoco iba a mentirse a sí mismo…”

Acaso esas últimas líneas fueron las que arrancaron lágrimas a su hija Beti, y que entonces la hicieron, como ahora, sentirse orgullosa de su papá.

(Salvador Íñiguez en octubre del 2017. Foto: Oscar Verdín/relatosnayarit) 

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