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El auténtico viudo Bueno

Cuentos
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* Cuando su hijo Curiel lo animó para que fuera al baile y no cayera en depresión, no se imaginó que a sus 78 años volvería a encantarse con una señora de sesenta y tantos.

 

 

El viudo Bueno tenía 78 años cuando fue a su primer baile de danzón para personas de la tercera edad, un miércoles en el popular barrio de El Chorro, en la ciudad de Los Corrales, animado por su hijo Curiel que temía que cayera en depresión tras la muerte de su mamá, meses atrás. 

Bueno había vendido sus muchas hectáreas de tierra y podía decirse que tenía para vivir holgadamente los días que restaran. Sin embargo, el brusco cambio en su vida, la falta del trabajo y la pérdida de su esposa 10 años menor que él lo estaban llevando a un débil estado de ánimo. 

Pero lo que parecía una tarde-noche para pasar el rato en la plaza de El Chorro, pronto lo envolvió en su magia cuando vio pasar frente a él a una mujer de sesenta y tantos años, delgada, el cabello largo hasta la espalda como a él le gusta, y que le puso el ojo apenas se vieron. Nunca antes se habían siquiera encontrado. 

Aquella noche, el viudo Bueno aceptó lo que nunca: pintarse el pelo y programar una cita con el dentista lo más pronto posible para limpiar sus dientes, además de que empezó el hábito de hacer un poco de ejercicio.

Desde entonces, el viudo Bueno no falta a esas noches de baile. No tiene la misma agilidad que su nueva amiga para bailar las cumbias, pero lo compensa llevando el ritmo con leves aplausos.  

Eso si, el viudo baila mejor que nadie las de cachetito, las canciones de Los Fredys y Los Solitarios. Sus botines están siempre bien boleados y su camisa de manga larga, limpia. 

Recién se ha comprado un sombrero nuevo: es una tejana café, “el color más bonito de los caballos”, comenta.

De regreso a casa, todas las noches de miércoles Bueno escucha el reclamo de sus hijos, con excepción del que lo animó a ir al danzón. “¡Papá, esa mujer sólo te está sacando dinero, no te quiere!”, lo alerta una de sus hijas, desesperada. 

Él reniega, no quiere oír más y se va a la cama para volver a sonreír, pensando en las noches en esa mujer de sesenta y tantos que le ha dado un nuevo aliento a su vida. Y sí, compartiendo con ella sus centavos. 

Un sábado al mediodía el viudo Bueno se detuvo con una joven mujer, vendedora de zapatos en la plaza de la colonia Francisco I. Madero. Su puesto lo tenía instalado bajo la sombra de tabachines.

Tratando de hablar en voz baja para que nadie lo escuchara, le dijo:

- Muchacha, ahorita va venir una señora de vestido blanco. Le das lo que te pida y luego yo regreso a pagarte.

- ¿Y si no regresa, señor? –respondió la comerciante, a quien Bueno entregó su reloj como garantía de que volvería-.

Poco después de que se retiró, la señora de sesenta y tantos se aproximó al puesto de venta y seleccionó varios pares de zapatos; no sólo eran para ella sino que también llevaba para sus nietos. Traía el pelo recogido, agarrado con una cinta amarilla. Se retiró llevando una bolsa grande con cuatro pares de zapatos. 

Bueno se había quedado en otro extremo de la plaza, vigilante. Ante sus ojos la encontró de maravilla con ese vestido blanco.

Vio a la mujer abordar un taxi y se quedó con las ganas de que cuando menos volteara a verlo antes de irse. No lo hizo, pero ella cumplía con el trato: en la calle eran como desconocidos.

- ¿Cuánto es, muchacha? –preguntó después el veterano enamorado, alargando dos billetes de 500 pesos y recibiendo de cambio unas monedas. También recogió su reloj.

El miércoles siguiente en el baile, la señora de sesenta y tantos presumía sus zapatos nuevos y por primera vez colocó sus dos manos sobre los hombros de él, aceptando acercarse más que otras veces, viéndolo con encanto, toda su atención a lo que él decía. Suavemente y como sin querer le tocó el cuello y un oído, y él se ilusionaba. Todo fue sonrisas aquella tarde-noche.

Pero tal y como preveían sus hijos, pronto el viudo Bueno fue disminuyendo sus ahorros. Aquella compra de zapatos fue la primera de muchas más y que parecían no detenerse. 

Curiel sugirió que en adelante se haría cargo de su cuenta bancaria y su propuesta fue aceptada. Entre el papeleo, Bueno colocó un sobre cerrado que Curiel debía abrir hasta que él muriera, le dijo entonces.

*

Una de las hijas de Bueno encaró una noche a la señora de sesenta y tantos y le exigió retirarse de su papá; se les oyó discutir en la calle, ante la presencia de muchos curiosos. “¡Vieja piruja!”, gritó una. “¡Tú papá me busca y me quiere!”, respondió la otra. Y allá se vio al viudo Bueno avanzar lo más rápido posible, alejándose de ese huracán.

Los problemas familiares, en especial con sus hijas, no consiguieron alejar al viudo de los bailes. Por el contrario, era uno de los que lamentaba profundamente la suspensión, por ejemplo cuando llovía. Y es que era esperar una semana más para volver al baile. 

Pero como sucede en cualquier relación sentimental, tampoco todo era color de rosa la pasión del viudo Bueno. Había veces que se le veía de malas y pasando muchas horas en la cama o hablando solo frente al espejo. Y siempre, siempre su hijo Curiel, que no llegaba aún a los 30 años, era su refugio, quien le daba todo su tiempo para oírlo, porque para él era algo que debía disfrutar.

- ¿Cómo ves, Curiel?, un cabrón más viejo que yo quiso bailar con mi señora y yo estaba ahí. Y el cabrón insistió un rato hasta que le hablé fuerte y por fin se fue. ¿Cómo ves?.

- Ah caray, pues nomás le encargo que evite un pleito y dar un espectáculo; mejor aléjense si es necesario –le contestó Curiel, añadiendo una buena carcajada-.

- Pues si, pero por poquito le suelto un golpe.  

- ¿Y la señora que hizo?.

- Pues nada, ella estaba conmigo, tranquila, claro que no quiso bailar con aquel cabrón.

En otras ocasiones al viudo Bueno se le veía preocupado, tomando el teléfono sin que nadie lo viera para hacer alguna llamada y solucionar diferencias. Y luego, terminado el problema, volvía a sonreír.

Un miércoles ya muy noche, el viudo Bueno contó a su hijo Curiel una preocupación mayor. No era el pleito con sus demás hijos y no sabía cómo afrontarlo. Sentados en la recámara de Bueno, Curiel fue animándolo a hablar hasta que finalmente le dijo, vacilante: 

- Ya ando cerca de los 80 años y necesito ayuda…

Se detuvo nuevamente y bajó la mirada. Encontró sus pies viejos en el suelo, dentro de unas sandalias, pero se animó y finalmente soltó lo que traía:

- ¡Y si ya no puedo hacer eso!, siento algo de nervios de quedarme solo con la señora, porque a lo mejor ya no puedo...ella me insinúa y yo sí quiero, pero, ¿sí me entiendes?.

En otras circunstancias, si viviera su mamá, Curiel hubiera reprobado la iniciativa de su papá, pero hoy le agradecía su confianza y se tomó en serio su preocupación, que no era cualquier cosa. Parecía que quien le hablaba no era su papá, sino un hijo a quien no podía fallarle.

Le puso su brazo en el hombro y se le acercó hasta quedar juntos. Le pasó su mano por su espalda y sintió sus huesos. Amasó su cabello en la mano, que todavía era tupido. Alcanzó sus cejas poco pobladas y sintió un fuerte impulso por animarlo:

- Apá, no se preocupe, sí va poder, váyase poco a poco, no se desespere pero va poder. Le voy a conseguir una pastilla para que se ayude.

Aquellos instantes únicos con su papá motivaron a Curiel a preguntarse ¿de qué estaba hecho ese señor de casi 80 años?. Y es que de él se contaban muchas cosas, en especial de su relación con mujeres en otras épocas. 

Desde niño, Curiel había escuchado que tenía  medios hermanos aunque no llevaran el apellido Bueno. Incluso con los años fue encontrando parecido físico con personas a las que no trataba, pero se comentaba que les unía la sangre.

En una ocasión, siendo adolescente, una señora quizás 30 años mayor le dijo que eran hermanos.

- Tú papá es mi papá pero no me reconoce. Y tengo más hermanos que son hijos de él. A nosotros nunca vino a vernos…¡pero a mi mamá sí, verdad!.

Así, animado por la confianza, Curiel le preguntó aquella noche:

- ¿Cuántos hijos tiene, apá, cuántos?.  

Y Bueno, que jamás había tocado el tema, respondió con la sinceridad que permite el saberse con alguien en quien se puede confiar y hablar:

- Son 17, con tu mamá cinco y con otras cuatro señoras tuve los otros 12. Tres de las señoras ya murieron. Sé quiénes son mis hijos y me arrepiento de no haberles apoyado. ¿Te acuerdas del sobre que te dí cuando te hiciste cargo de mis ahorros?, ahí dentro están los nombres de todos ellos. El día que me muera vas a tener la tarea de entregar una parte del dinero que me quede a cada uno. Tus hermanos te van a medio matar, pero estoy seguro que lo vas hacer.

- Entonces tuvo cinco señoras…

- De todas ellas recuerdo su olor. Su aliento.

*

Aunque Curiel es apellido, Bueno lo quiso como nombre del menor de sus hijos varones en honor a uno de sus tíos, a quien todos llamaban por su apellido. De ese Curiel original era la frase de “mañana llueve”, cuando arreciaban los calores por las calmas de los meses de julio y agosto. Pero si no llovía como lo había anunciado y alguien se lo recordaba, él siempre respondía: “tan grande que es el mundo, en alguna parte habrá llovido”. Y ahí se le veía anciano ya, como arrastrando su cuerpo delgado.

El haber animado a su papá a ir al danzón ha generado a Curiel reclamos todos los días y seguramente lo perseguirán durante su vida. Sus hermanos y hermanas no se lo perdonan. 

Curiel le ha ofrecido rezos y una disculpa sincera a la memoria de su mamá, pero entiende que esa mujer de sesenta y tantos le da a su papá lo que ninguno de sus hijos. Le ha traído ilusión a sus casi 80 años, lo hace vibrar, le genera ganas de vivir y, también, de vez en cuando lo manda como fulminado. Es la señal: su papá sí puede.

Una tarde-noche de miércoles, Curiel decidió ir al baile para ver a su papá con esa mujer de sesenta y tantos. Lo hizo sin que se diera cuenta; fue a fisgar, escondido entre tanta gente de pie alrededor de la pista.  

Observó a su papá en porte gallardo, con su tejana del color de sus caballos. No era un bailador que tratara de llamar la atención y sin embargo se distinguía entre todos. No buscaba apantallar a nadie pero tenía un estilo único. Seguramente por eso gustaba el viudo Bueno: era auténtico.

Y la mujer que lo acompañaba, quiérase o no, era la más bonita de las señoras.

Curiel se retiró en poco tiempo. Se detuvo unos minutos en un puesto de revistas y cuando se dio vuelta se encontró de frente con la mujer de sesenta y tantos, que lo alcanzó y no lo dejó hablar.  

- ¿Tú eres Curiel, verdad?, tienes la misma cara de tu papá y me habla mucho de ti. No te preocupes por él, dile a tus hermanas que no se preocupen, que lo trato bien y que él me trata con respeto, que no le voy a quitar su dinero, pero déjenlo venir, aquí se la pasa bien. Pronto cumplirá 80 años y a lo mejor en un tiempo ya no puede divertirse como ahora; por favor díselo a tus hermanas.

Curiel aceptó con un movimiento de cabeza. Podía confiar en las palabras de la señora. 

Antes de retirarse, Curiel observó nuevamente el baile, el relajamiento de hombres y mujeres adultos, los esposos que llegaron a viejos y siguen bailando y riendo juntos en la recta final de sus vidas, o la búsqueda de quienes perdieron a su pareja de muchos años y se aferran para volver a encontrar cariño. 

Ahí estaban muchos hombres de pie alrededor, a la espera de una oportunidad para invitar a bailar a quien posiblemente se convierta en una grata compañera por muchos días, semanas, años.

A lo lejos, distinguió a su papá con la tejana color café. ¡Ahí estaba bailando, latente, entusiasmado, vivo!. 

Curiel se retiró tranquilo, listo para escuchar los reclamos de sus hermanos y hermanas.

Pero Curiel justifica a su papá. Quizás porque él también quisiera que cuando llegue a viejo y empiece a caer la noche de su vida, continuar animando su existencia con el aliento y el aroma de una mujer.

 

(Una imagen de www.jrwester.com.mx)

 

 

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